Mover los brazos al ritmo de las zancadas es más importante de lo que podrías pensar. Te contamos cómo usar los brazos en la montaña para una zancada eficiente y un menor gasto de energía: ¡Sigue leyendo!
¿Te has fijado alguna vez en lo que haces con las manos al caminar? Aunque es una de las acciones más naturales del ser humano, muchas personas nos sentimos extrañamente torpes y no sabemos qué hacer con ellas cuando nos ponemos en marcha.
El hecho es que, desde que dejamos de utilizarlas para andar, hace unos 7 millones de años, cuando de 4 patas fuimos pasando a la bipedestación, hay situaciones en las que no sabemos qué hacer con las manos.
Desde entonces, las extremidades superiores se han adaptado progresivamente a otras funciones diferentes de las de andar, como las de portar objetos, elaborar herramientas, aliviar picores, etcétera.
¿Cómo se produce el balanceo de los brazos?
El interés por este aspecto de la marcha humana se ha disparado desde inicio del siglo XXI, y ha progresado con ayuda de avances tecnológicos, como los sistemas tridimensionales de captura del movimiento.
Gracias a ellos sabemos que, al caminar normalmente, los hombros rotan entre 15º y 25º, los codos mantienen una flexión de entre 10º y 30º y el conjunto realiza un movimiento pendular cuya amplitud aumenta de forma automática a medida que caminamos más rápido.

En esos movimientos intervienen de forma coordinada los músculos del brazo y antebrazo, y también otros del tronco, como el:
- Deltoides posterior.
- Deltoides anterior.
- Dorsal ancho.
- Trapecio.
- Pectoral mayor.
La armonía de tales movimientos parece deberse a unos circuitos nerviosos espinales denominados “Central Pattern Generators”, o CPG.
Su labor de coordinación es complicada y muy sensible, hasta el punto de que ciertas enfermedades neurológicas o accidentes alteran nuestra forma de andar, tal como ocurre en el Parkinson, los accidentes cerebrovasculares o la esclerosis múltiple.
¿Nos aporta alguna ventaja mover los brazos al ritmo de las zancadas?
Lo cierto es que sí.
Lo que podía parecernos un simple balanceo al caminar:
- Disminuye la rotación del tronco.
- Mejora la estabilidad.
- Disminuye el trabajo muscular necesario para andar.
- Mejora el equilibrio, especialmente:
- Durante las aceleraciones.
- En los cambios de dirección.
- En ascensos y descensos.
- En la marcha rápida.
- Al caminar sobre superficies irregulares.

Un aspecto muy importante del braceo es su efecto sobre el gasto de energía al andar.
Diversos estudios demuestran que, si llevamos los bazos forzosamente quietos, aumenta el consumo energético aproximadamente entre un 7 y un 12 % respecto a si los balanceamos.
Ese ahorro energético se explica por:
- Una menor rotación corporal.
- Menor trabajo muscular estabilizador.
- Mejor transferencia de momento angular.
Por otra parte, si en lugar de andar, corremos, el gesto cambia considerablemente.
Los codos se flexionan más y el movimiento deja de ser predominantemente automático y pendular para convertirse en un mecanismo activo destinado a controlar la rotación corporal.
Además, si nuestra técnica de carrera es buena, el movimiento de los brazos, que no se cruzarán delante del cuerpo, sino que seguirán la dirección de la carrera, nos impulsarán hacia delante con su inercia.

¿Tiene riesgos caminar con los brazos fijos en lugar de llevarlos balanceándose al ritmo de los pasos?
La respuesta es un rotundo sí.
Además de todas las ventajas que ya hemos citado, los brazos son un elemento fundamental de seguridad en caso de caída.

Excepto que sepamos caer hacia delante rotando el cuerpo en diagonal, que es la mejor forma de reducir la energía del golpe, el instinto cuando perdemos el equilibrio nos impulsa a estirar los brazos adelante, para parar la caída contra el suelo.
Cierto es que, si el golpe es fuerte y ponemos muy rígidos los brazos, podemos sufrir una fractura de muñeca, antebrazo o clavícula, o una luxación de hombro, pero la alternativa es que sea la cara quien sufra el golpe contra el suelo, y las consecuencias pueden ser muy graves.
Lo que ocurre si llevamos las manos en los bolsillos, sujetas en el cinturón de la mochila o en sus tirantes, por ejemplo, es que no podremos soltarlas con la suficiente rapidez como para parar la caída.

Por lo tanto, al caminar, lo mejor es dejar que los brazos se balanceen de forma automática y acompasada al ritmo de zancada y a la velocidad que llevemos.
Ganaremos seguridad y ahorraremos energía.

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Soy Kepa Lizarraga Sainz, Doctor en Medicina y Cirugía, Especialista en Medicina de la Educación Física y el Deporte y Diplomado en “Médicine et Biologíe des environnements extrêmes” por la Universidad de Burdeos.
He trabajado con deportistas de todos los niveles competitivos. Desde aficionado hasta élite mundial, y de especialidades tan diversas como el atletismo, el remo, piragüismo, ciclismo, triatlón, esquí en todas sus modalidades y, sobre todo, montañismo, que también practico.
Sobre el terreno, he sido médico de varias expediciones a las más altas cimas, cono el Everest y el K2, de largas travesías de montaña, como la Transpirenáica y de pruebas como el Campeonato del Mundo de Cross, de 1992, o la Universiada de invierno, en 1995, de Campeonatos del Mundo de Baloncesto femenino junior, de Cesta Punta o de Sokatira, de Campeonatos estatales de varios deportes, o médico de la Selección Española de Ciclismo femenino, por citar algunas pruebas.
He publicado varios libros sobre la Medicina aplicada a esos deportes, presentado comunicaciones científicas en Congresos internacionales y publicado más de 400 artículos de divulgación sobre Medicina del Deporte.
Actualmente colaboro, junto con mi hijo, Mikel Lizarraga Elejaga, en el Blog de montaña de Forum Sport.
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